viernes, 15 de enero de 2016

Por siempre cervecero


“Para mi viejo. Por las charlas compartidas”

     —Así que vos sos del interior. Yo también. De Tucumán e hincha de Atlético.
    Guido infló el pecho con orgullo y con la mirada cristalina comentó:
     —Ah, tenemos los mismos colores.
     —¿En serio? No me digas.
     El joven agarró el celular que estaba sobre la tapa de la caja de herramientas y le mostró a don Anselmo lo que usaba como fondo de pantalla. Era el escudo, con los colores celeste y blanco a rayas verticales, del club de su ciudad natal: Argentino de San Carlos Centro.
     —¿Y hace mucho que estás en Buenos Aires? — Le preguntó el hombre mayor, entrado en canas y expresión serena, mientras separaba el dinero para pagarle.
    —Me viene a los 17, para una prueba en Huracán. En realidad “nos” vinimos, porque mi señora también es de allá y quiso acompañarme. En esa época éramos novios.
     —Ah, claro. Vos sos jugador de fútbol.
    —Si, pero como el fútbol no me da para vivir, en los momentos que puedo hago estos trabajos de plomería y gas, como hacía allá con mi tío Rodolfo, antes de venirme a Buenos Aires.
     Siguieron dialogando un rato más sobre San Carlos y sobre Argentino, y Guido terminó de guardar las herramientas, que había utilizado para colocar la nueva grifería en los artefactos del baño. Después de despedirse del dueño de casa, con un cordial apretón de mano, salió pensativo rumbo a la suya. Seguramente Paula ya habría llegado y como todas las tardes iban a tomar unos mates, distendidos y hablando de la rutina de ambos, en la mesa rectangular de la cocina. Así lo venían haciendo cada tarde desde que se establecieron en la capital y el primero que llegaba esperaba al otro con el mate listo. Salvo que el tiempo se los permitiera, esos momentos no era muy prolongado porque por lo general, los dos tenían que asistir a la cursada nocturna.
    En el trayecto Guido se quedó pensando en la charla que había tenido con Anselmo. No eran muchas las ocasiones en que tenía la posibilidad de hablar sobre Argentino y cada vez que lo hacía se le erizaba la piel al recordar a su amado Cervecero. Ya que siempre que comentaba que era de Santa Fe, lo más lógico era que le preguntaban si era de Unión o de Colón. 
     Guido Barzollini tenía tan sólo dos años cuando desde los hombros de su padre, fue parte de los festejos por el campeonato de la liga santafecina del 81. Desde entonces supo del significado del amor incondicional y de ese sentimiento indivisible que lo unía a él, a su familia y a sus amigos con la entidad que se hizo se hizo grande por el empuje de su gente. Una institución que creció en ese lugar del mundo tan particular llamado “San Carlos”, el que fundara en 1858 Carlos Beck Bernard en el partido de “Las Colonias”, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Santa Fe, cuando llegó con la sociedad Colonizadora Suiza Beck y Herzog para poblar esos parajes.
   Unos años antes de ese acontecimiento, Justo José de Urquiza había salido victorioso en la Batalla de Caseros cuando derrotó a Juan Manuel de Rosas y tiempo después asumió como presidente de la Confederación Argentina. A partir de ahí otra etapa se iniciaba en el país y también para la inmigración. Claro que la visión Federal, del caudillo entrerriano, nos les causaba ninguna gracia al bando Unitario de Bartolomé Mitre y compañía. Por eso ambos se miraban con recelo, a tal punto que en 1859 se declararon la guerra dando inicio a la segunda Batalla de Cepeda.
   Así las cosas cuando, en plena presidencia de Urquiza, fueron arribando los expatriados europeos. En esos interminables viajes en barco, también llegaron los padres de los tatarabuelos de Guido y Paula, que quizás sin darse cuenta comenzaban a echar las raíces de una ciudad modelo. En ese arribo de extranjeros, con sus hábitos y sus creencias, se encontraban suizos, alemanes, franceses e italianos. Pero ya de entrada, entre ellos las cosas no anduvieron muy bien que digamos, ya que el idioma, la religión y las costumbres dificultaban la convivencia y fue por eso que al poco tiempo, la localidad se dividió en tres: Los franceses se agruparon en el norte, los alemanes y los suizos se quedaron en el sur y los italianos en el centro. Ustedes allá, nosotros acá y todos contentos.
     Fue justamente en el centro donde nacerían, entre otras, dos fábricas emblemáticas que son el orgullo de sus ciudadanos. La cristalería San Carlos y la única fábrica de campanas de todo Sudamérica: Campanas Bellini. Hay otras como Bisignano, Primo y Cía., Bessone y Lheritier que desde allí han exportado sus productos al resto del continente. Todo lo referente al pasado de la ciudad permanece atesorado en el Museo Histórico de la Colonia San Carlos; blanco y solemne por fuera, impregnado de objetos y recuerdos por dentro.
     En esa zona saturada de aire puro y cristalino, se entremezcla la cordialidad de la gente, que sigue manteniendo la esencia de ese pueblo que hoy cuenta con casi 12.000 habitantes. La atmósfera de esos parajes se encuentra perfumada por las fragancias de su bella vegetación y la frescura que emanan de las aguas del rio Coronda.
     Con el paso de los años, la ciudad fue creciendo y desarrollándose y en 1917, ya en los tiempos que Santa Fe se encontraba gobernada por Rodolfo Lehmann y el país bajo el mando de Hipólito Yrigoyen, el 12 de enero nacía el “Club Atlético Argentino”. Casi una década más tarde veía la luz “Central San Carlos”, el clásico rival. Pero esa es otra historia y en rojo y negro.
    Cuando llegaron a la Capital Federal, Guido y Paula alquilaron un sencillo pero confortable mono ambiente en el barrio de Barracas y como la prueba en “El Globo” no funcionó, lejos de desanimarse y querer volverse, el joven futbolista empezó a golpear otras puertas. Hasta que un día comenzó su carrera como jugador en la Primera C, que le abrió paso en el fútbol de AFA. Durante la semana, cuando los entrenamientos se lo permitían, trabajaba haciendo arreglos de plomería y gas. Así se fue haciendo conocido en el barrio y todos los trabajos los conseguía por el mejor sistema de propaganda para aquellos que trabajan en domicilios: El boca a boca. La gente lo llamaba y le tenía suma confianza. Siempre trabajó a conciencia. Siempre fue sincero, respetuoso y puntual, fue por eso que muchos de los que requerían sus servicios, generaban una cierta relación con él, no de amistad, pero casi.
   Su trayectoria futbolística en líneas generales fue regular. Tuvo altibajos, como todos, y buenos desempeños, pero nunca pudo salir de esa dura divisional. Jugaba por amor al fútbol, jamás hizo una diferencia económica y cuando le pagaban era a los premios. A veces la hinchada tenía poca paciencia y los muchachos de la barra se daban una vueltita por el vestuario. La dirigencia mucho no acompañaba y algunos entrenadores duraban menos de lo que canta un gallo. En fin. Se hacía lo que se podía. Pese a todo, nunca se arrepintió de haberse dedicado a jugar en el ascenso porque, por supuesto, todo tiene su lado positivo. La amistad, el compañerismo, el compromiso con la gente y la institución, el ponerse objetivos, el aprender a remar contra la corriente y superar obstáculos fueron algunas de las tantas cosas que aprendió gracias a transitar las canchas semi peladas de la C, categoría dura y exigente si las hay.
     Sin embargo dentro suyo, Guido seguía manteniendo el sueño de vestir los colores de Argentino como los hicieron su abuelo, su padre y dos de sus tíos. Para él “El tino” era un sentimiento que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Por eso aquella vez cuando partieron en micro rumbo a Buenos Aires, con un bolso enorme con correa al hombro cada uno, él se juró volver para vestir la camiseta que más quería. Nada le hacía pensar por entonces que su carrera se desarrollaría de esa manera. Las temporadas se pasaron volando y la posibilidad de pegar la vuelta se alejaba en el tiempo y más que un deseo comenzaba a ser una utopía.
    Paula se sentía a gusto residiendo en la ciudad y lo apoyaba en todo, pero por supuesto su deseo era volver a vivir en San Carlos, una vez que Guido se retirara de la actividad. Extrañaba a rabiar a los suyos y a Melina y Lorena, sus dos mejores amigas y excompañeras del colegio, a pesar de que siempre estaban en contacto. Primero por carta y por teléfono y en el último lustro por la red social más famosa y por WhatsApp. Cada vez que iba de visita y con el correr de los días caía en la cuenta de que tenían que regresar a la Capital Federal, una sensación de tristeza y nostalgia se adueñaba de ella y de sus ojos almendras rodaban un par de lágrimas que surcaban la piel blanca de sus mejillas, cuando se abrazaba con su madre y sus hermanas en el momento de la despedida.
     Paula Romina Moretti la hija de Elena, la modista y José Antonio, el agrimensor asistió a la escuela de Enseñanza Media Nº 213, mientras que Guido Barzollini lo hizo en la Nº 365 “Domingo Faustino Sarmiento”. Un atardecer, cada uno con su grupo de amigos, se cruzaron en la Plaza San Martín, la principal del pueblo, y mirada va, palabra viene comenzaron a tratarse con más frecuencia hasta que un día, sin darse cuenta, se pusieron de novios.
   Ya en Buenos Aires, mientras él cursaba de noche en la sede de Ciudad Universitaria la carrera de Arquitectura, ella estudió para ser maestra jardinera, ya que los chicos eran su debilidad. Con el tiempo, cuando aumentaron considerablemente las expensas y por la misma plata podían aspirar a algo mejor, dejaron el mono ambiente de Barracas y se mudaron a un departamento, un poco más grande en Villa del Parque, cerca de donde ella comenzó haciendo unas suplencias en un jardín maternal.
     Salvo por una fea lesión en cancha de Laferrere, cuando un rival se lo llevó puesto con pelota y todo y estuvo unos cuantos meses parado, “El Tano” nunca tuvo lesiones de importancia. Por eso casi siempre estuvo presente en las formaciones de los equipos que le tocó integrar. Era un típico volante central, con un juego simple, entregando la pelota limpia y a ras del piso. Aparecía donde nadie lo esperaba y por su personalidad, más de una vez le tocó llevar la cinta de capitán. Tenía carisma y estampa de crack, la mirada serena y el físico de los que por años han asistido al gimnasio. Sacando lo de la lesión, la única vez que permaneció tanto tiempo fuera del equipo, fue cuando el tribunal de disciplinas le dio 6 fechas por la cabeza luego de la recordada batalla campal, en cancha de Talleres de Remedios de Escalada.
     En la C pasó por varios clubes, logró un par de ascensos que fueron de lo más emocionante que le tocó vivir y supo del cariño de la hinchada coreando su nombre. El tema era que el fútbol nunca le dio para llegar tranquilo a fin de mes, pero como buen sancarlino siempre miraba para adelante con esfuerzo y perseverancia. Por eso no se quedó pensando sólo en la pelota sino que se puso a estudiar en la facultad, como podía y cuando podía, pero dándole para adelante. Sin prisa, pero sin pausa y si bien no llegó a terminar la carrera, aprobó unas cuantas materias. Por supuesto, estaba al tanto de la campaña del Cervecero en la Liga Santafecina, leyendo por internet “El urbano”, “El litoral” o “La voz de San Carlos”.
     Ya sea para las fiestas o para Semana Santa siempre se hacían una escapada a su lugar en el mundo. Por lo general pasaban Navidad en el hogar de los Moretti y Fin de Año en el de los Barzollini. Casi siempre se quedaban hasta que él tenía que presentarse para la pretemporada. Años más tarde de la partida, cuando decidieron contraer matrimonio, luego de una larga convivencia, lo hicieron en la parroquia San Carlos Borromeo.
     Aquella noche de ensueño Paula llegó en un Minerva convertible sedan de 1931. Imponente, con la carrocería verde brillante y volante de madera a la derecha; cerramiento corredizo negro opaco y dos faroles enormes a los costados de la parrilla delantera. Todo de un cromado reluciente al igual que los paragolpes. Una belleza acorde al evento. Cuando descendió del vehículo, tomada del brazo de su padre, todas las estrellas del firmamento titilaron para ella. Llevaba puesto un sencillo y delicado vestido blanco con un ramo de Jacintos aromáticos entre las manos y una corona de margaritas de fantasía en la cabeza, rodeando su cabello rubio prolijamente recogido. Él la esperó imperturbable a los pies del altar junto a su madre Gladys, que vestía un elegante trajecito de raso. El pelo castaño y bien cortito, le brillaba por el gel y la piel de su cara lucía fragante. Era la primera vez en su vida que se ponía un smoking. Abajo llevaba una camisa blanca rematada con un simpático moño negro. Días después del inolvidable acontecimiento, confesó con gracia que si bien parecía tranquilo, por dentro estaba más nervioso que aquella vez que le tocó patear el penal definitorio por el segundo ascenso en cancha de Cambaceres.
   Fue una noche única que quedaría fijada en sus retinas y en la de todos los habitantes del pueblo. La fiesta, obviamente, fue en la sede del Club. No faltó absolutamente nadie. Fueron horas y horas de alegría y baile y hasta las nonas de ambos se prendieron en el carnaval carioca. Emborrachados de felicidad vivieron uno de los días más conmovedores de sus vidas. Hasta que después de una breve pero sentida luna de miel en El Calafate, otro lugar de ensueño, volvieron a Buenos Aires y la vida, como no podía ser de otra manera, siguió su curso ajena al tiempo y la nostalgia.
     Antes de eso habían estado presenciando el Torneo de fútbol infantil “Argentinito de San Carlos”, una competencia para chicos de 7 a 12 años, de todas las provincias y Uruguay. Uno de los certámenes más serios y mejor organizados de los que existen en la República Argentina.
     A ellos las ganas de volverse a su tierra ya comenzaba a marcarlos de cerca y en octubre el 2011 cuando viajaron específicamente a ver el partido frente a Santa Fe FC, que significó un nuevo campeonato, pensaron seriamente en la posibilidad de regresar definitivamente. Aquella noche de lluvia, la ciudad se vistió de fiesta y las instalaciones del club fueron testigos de los festejos interminables.
     Volvieron en junio, lógicamente, para ser parte del bicampeonato, la tarde que le ganaron a Newell’s por 2 a 0 y como Sanjustino cayó en su casa por 3 a 1 ante Santa Fe, Argentino pudo sumar su octava estrella. Fue una jornada imborrable, cargada de tensión y expectativa hasta que se desató el carnaval. El equipo estuvo 10 partidos en forma consecutiva sin conocer el polvo agrio de la derrota y encima de eso tuvo la valla menos vencida.
     Esa vez se quedaron más tiempo de lo previsto y pasaron parte del invierno con amigos y parientes entre jugosas anécdotas y sabrosas comidas, disfrutando de la vida sencilla y descontaminada en una de las mejores instituciones del interior del país.
     No cualquiera puede darse el lujo de tener un complejo deportivo de 8 hectáreas con quinchos y parrillas, cuatro piletas de natación, una cancha de futbol cinco, dos de paddle, cuatro de tenis y dos de hockey, todas iluminadas y por supuesto el estadio “12 de enero”, con la modesta tribuna lateral que late cada vez que “El Albiceleste” juega de local. También está el predio costero, un lugar encantador donde se realizan actividades de pescas y jornadas en contacto con la naturaleza y la histórica sede social, situada frente a la atractiva plaza San Martín. Allí funciona la secretaria, el departamento médico y están las canchas de bocha, el gimnasio cubierto donde se practica vóley y básquet y el “Argentino Resto – Bar”, un lugar cálido y ameno para degustar los mejores platos.
     Como si eso fuera poco, el club cuenta con la mutual, creada en octubre del 45, que brinda distintos servicios para la comunidad. Pavada de institución, como para que sus más de 10000 socios se sientan orgullosos cuando hablan de Argentino.
     Volvieron para el verano y el segundo fin de semana de enero, disfrutaron de la tradicional fiesta de la Cerveza que se organiza todos los años. Lo único que deseaban era que los relojes detuvieran su andar para que la magia no se acabara nunca. Fueron noches únicas donde la música y la alegría no se daban tregua y las luces destellan sobre la reina de la institución y los artistas que desde el escenario, hacen bailar a la gente. Por supuesto participaron del Súper Bingo, ese evento espectacular que sorteaba autos, motos y electrodomésticos.
     Por eso y por muchas cosas más la tarde siguiente de que Guido regresara a su casa, luego de haber estado charlando con don Anselmo y posterior al último entrenamiento semanal con el equipo eliminado del reducido, mientras ella le alcanzaba un mate en la cocina, Guido habló con la sinceridad que le trasmitían el corazón y la conciencia.
     —Ya está. Volvamos. Mi contrato vence dentro de poco y me quedo con el pase en mi poder. No me quiero retirar del fútbol sin antes haber cumplido lo que siempre anhelé.
     Era lo que Paula esperó escuchar durante tanto tiempo. Acomodó su pelo con ambas manos y se secó las lágrimas con el pañuelo que llevaba en el bolsillo del pantalón. Se abrazaron en el mutismo cómplice de la tarde sintiéndose más cerca que nunca. Permanecieron un buen rato en ese estado, de espaldas al reloj de pared, cuyas ajugas marcaban las 19.05 y el anochecer ya se vislumbraba por las ventanas.
      La decisión estaba tomada y no iban a dar marcha atrás ni que a él lo llamaran del Ajax. Las semanas previas al regreso los consumía la ansiedad y durante ese periodo Guido se puso en contacto con los dirigentes de Argentino, para hacerles saber su deseo y comunicarles que tenía el pase en su poder.
     Algunos, unos pocos es cierto, dudaron. Argumentaban que estaba grande para formar parte del plantel, que estaba más cerca de ser manager o entrenador en las inferiores que para desempeñarse como volante central, pero si futbolísticamente respondía no iba a haber inconvenientes. Por supuesto que él, hombre de mil batallas en el mundo del ascenso, se tenía una confianza ciega.
     La tarde que salieron de la terminal se encontraban más ansiosos que en ocasiones anteriores, a pesar de que ya habían realizados muchos viajes como ese. Claro que las sensaciones en esos momentos eran otras, porque inconscientemente sabían que tenían que hacer el itinerario de regreso. Cosa que esta vez no.
     Las casi 6 horas que duró el trayecto dialogaron entre ellos y trataron de descansar un poco. El día anterior habían entregado las llaves del departamento a la inmobiliaria. Ya habían mandado las cosas por un flete amigo de Guido que trabajaba en mantenimiento en el club. El hombre les hizo buen precio para llevarles la cama matrimonial junto con unos pocos muebles, algunos electrodomésticos y otras pertenencias que fueron embaladas en cajas de cartón que pidieron en el supermercado chino de la avenida y como mascotas no tenían se despreocuparon de todo.
     —Te van a presentar el miércoles, después de la revisación médica. — Comentó ella, a la altura de Arroyo Seco, con la mirada perdida en los pastizales.
     —No veo la hora de empezar a entrenar— Expresó él con sinceridad y las manos tomadas por detrás de la nuca.
     Cuando el ómnibus comenzó a recorrer la ruta 6, los empezó a ganar el entusiasmo de saberse cerca, de sentir que cada vez faltaba menos. Cuando por fin descendieron del micro luego de 510 km y retiraron los bolsos, volvieron a sentir la misma sensación de cada vez que llegaban y contemplaban esos colores tan característicos, mientras el viento susurraba entre los árboles y percibían ese inconfundible aroma de la tierra donde se nace.
   Cuando llegaron estaban todos esperándolos y se fundieron entre abrazos con parientes y vecinos. Después se subieron al auto de Carlos, el hermano mayor de Guido y pasaron por debajo de ese gigante arco blanco, a modo de monumento, que unía una vereda con la otra, dejando en su interior la amplia calle asfaltada. Esa misma noche organizaron una cena de bienvenida en casa de los Barzollini. Cuando todos creían que en cuanto a emociones ya nada podía pasar, Paula sorprendió a propios y extraños dando la noticia de que estaba embarazada. Luego de las felicitaciones, los abrazos y los reiterados brindis por el futuro nuevo integrante de la familia, por la vuelta y por la ciudad, los recién llegados pudieron irse a dormir.
    El lunes Guido se puso a las órdenes del cuerpo técnico, que en tiempos de internet no tardaron en conocer su estilo. En el centro del impecable campo de juego los jugadores lo recibieron con aplausos y palmadas en la espalda haciéndolo sentir uno más del grupo. Bastaron un par de entrenamientos para que a nadie le quedada duda de que “El Tano” Barzollini seguía siendo ese cinco fino y exquisito que mostraba una energía tremenda a la hora de disputar cada pelota. Cómo no iba a transpirar la camiseta y jugarse entero por esos colores, si era lo que más había ansiado en este mundo desde que empezó a tener uso de razón.
     El miércoles pasó la revisación y el técnico le comunicó que el sábado iba a estar entre los once titulares, para el debut en la primera fecha del Clausura por la liga santafecina. Sin embargo, recién el jueves en la sede social, fue presentado por la comisión directiva en pleno ante la expectativa de todos los presentes que se dieron cita y que ya se entusiasmaban con volver a festejar otro campeonato. Tanto fervor había que empezaron a cantar en el recinto revoleando las camisetas bajo las luces.
     “Señores yo dejo todo, me voy a ver al tino, porque los jugadores me van a demostrar que salen a ganar… Que quieren salir campeón... que lo llevan adentro...como lo llevo yo”.
     El día del debut amaneció con un cielo cristalino, mientras unas nubes blancas y diáfanas se iban acomodando entre los rayos de sol y el silencio de la naturaleza fue interrumpido por el canto de las aves que surcaban el aire. Ese mediodía cuando llegó al club e ingresó al vestuario con el resto del plantel, Guido sintió una rara impresión que nunca antes había experimentado. Claro, era la primera vez que entraba a ese sitio. Fue en ese preciso momento cuando comenzó a ponerse la camiseta celeste y blanca a bastones y fue sintiendo la textura de la tela sobre su piel, cuando comprendió lo que significa poder jugar en el club que uno ama y en el lugar en que se nace, donde uno hecha raíces que son tan fuertes que es imposible intentar romper el lazo. Nada lo hacía más feliz que el hecho de saber que allí iba a nacer su primer hijo para continuar la descendencia sancarlina e iban a vivir todos juntos en uno de los mejores lugares que la naturaleza haya creado. En esa ciudad tan particular con sus atardeceres y sus aromas, con esas cosas que no se explican: se sienten, se llevan dentro de uno.
     Terminó de atarse los cordones de los botines naranjas y se acomodó la casaca adentro del pantalón negro, se subió las medias hasta las rodillas y estuvo listo para salir junto a sus compañeros. Cuando ingresó al campo de juego un escalofrío recorrió todo su ser, mientras en sus oídos resonaba el aliento de “La Celeste”, esa banda loca que está siempre, en las buenas y en las malas, agitando las banderas y cantando y saltando a más no poder.
    Mucho de lo que pasó a continuación lo vivió como si fuese un sueño, como imágenes dispersas de una película que cruzaban por su mente. Volvió en sí cuando escuchó el silbato del árbitro que dio comienzo al partido. Enseguida recibió un pase preciso del primer marcador central y paró la pelota con la suela de su botín, mientras escuchaba los primeros aplausos de la tarde. Después avanzó unos trancos y metió un pelotazo cruzado buscando a uno de los delanteros que entraba solo por la franja derecha. Lo hizo mientras el corazón se le rebalsaba de felicidad y sentía la tranquilidad de haber cumplido el sueño de su vida. El de vestir la camiseta que más amada y llevaba impregnada en la piel. La gloriosa albiceleste de Argentino de San Carlos.


Enero 2016 (Todos los derechos reservados)