lunes, 21 de marzo de 2016

El tigre al que todos llamaban mono


“El éxito es una vieja prostituta. Viene, se acuesta con vos, te cobra y se va”
(Sandro)

    La ambulancia tardó una eternidad. En el hospital bajaron la camilla y lo llevaron a la sala de guardia, en donde los médicos que lo atendieron se apenaron por su estado de salud. No era la primera vez que ingresaba a un hospital, pero esta nada tenía que ver con otras. En una oportunidad los medios de prensa y los amigos de turno abarrotaron el lugar y el tránsito se volvió un caos, por la cantidad de curiosos que se paraban en la esquina casi sobre la senda peatonal. Aquella había sido una noche emocionante; era la pelea que todos esperaban ver, era la pelea de su vida y con esa convicción subió al ring. Ganar significaba comenzar a escalar la gloria y dejar atrás una infancia dura, de hambre y miseria. En cada derecha iba la bronca y la esperanza, en cada gancho el odio y la superación. Pero el rival, como la vida, era un hueso difícil de roer. Después de los interminables y dramáticos asaltos las tarjetas de los jueces dieron su fallo. Ganó por puntos pero ganó; peleó con el alma, dejando la vida. Los golpes que recibió lo llevaron esa misma noche al hospital, respirando forzadamente y con las vendas puestas.
      Ya comenzaba a ser reconocido por su estilo agresivo y sobrador, abajo del ring era humilde y orgulloso, atrevido y fanfarrón, y por eso el ring side lo odiaba mientras que la popular lo amaba. El boxeo lo llevó a lo más alto dejando atrás una niñez de lustrabotas en Plaza Constitución, de esa Buenos Aires a la que había llegado a los siete años con su familia desde Villa Mercedes, hasta que un peluquero que lo vio pelear en la calle le propuso hacerlo por plata y luego como profesional. Sólo algunos lo llamaban “El tigre puntano”, para el resto era simplemente “El Mono”.
      Cada vez que ganaba, en los cabarets que solía frecuentar era recibido como un verdadero ídolo, la gente lo idolatraba y él tiraba besos a diestra y siniestra mientras bajaba de un auto de lujo y vestido con impecable traje con tiradores y sombrero haciendo alarde del dinero. Eran incontables los amigos que tenía y las mujeres que se le acercaban, hasta Evita y Perón lo iban a ver. Cuando éste último en una ocasión le estrechó la mano, desde el cuadrilátero él le dijo sin ponerse colorado: “Dos potencias se saludan mi general”. Decía que para hablar con él había que pedir audiencia y al que lo llamaba “Monito” aunque sea cariñosamente le contestaba “Monito las pelotas. Entendiste papito. Aire, aire”, pero así y todo la gente lo quería. Era capaz de sacarse el costoso saco que llevaba puesto para tapa al primer linyera que aparecía tirado. No era bien visto en los salones exclusivos a los que asistía luego de cada combate aún con la cara magullada siendo el centro de miradas despectivas.
      Ya siendo tapa de “El Gráfico” y con el aval oficial viajó a Nueva York, para medirse ante el campeón sin estar en juego la corona. La velada mantuvo en vilo a medio país que esperaba con ansias los relatos, pero terminó besando la lona en el primer asalto y el sueño se hizo añicos. Cuentan las malas lengua que a su vuelta el General pidió verlo en su despacho sólo para darle un cachetazo. Su poco apego al gimnasio, sus salidas nocturnas y la buena vida le pasaron factura y dos años antes de que se produjera el levantamiento militar del ´55, perdió con su eterno rival. Se fue con el maxilar roto y una lluvia de insultos de los oligarcas que festejaban verlo derrotado. Después siguió peleando pero ya no era el mismo. Con la Revolución Libertadora en el poder, el General en el exilio y el Peronismo proscrito, el régimen lo sacó de escena y allí comenzó su decadencia. Los amigos se retiraron tan pronto como habían llegado y una noche, luego de una presentación en Lomas de Zamora, la policía fue a detenerlo por su adhesión al gobierno Justicialista. El dinero y la fama que acumuló se le habían escurrido como el agua que se vierte en un colador.
       Sin preparación para afrontar la vida, al poco tiempo los apremios económicos lo pusieron contra las cuerdas. Empezó a hacer exhibiciones en el interior del país llegando a enfrentar a tres y cuatro rivales por noche que lo golpeaban con saña y en donde la mayor parte del dinero no era para él sino para los empresarios que montaban una versión moderna del circo romano. Lejos, muy lejos quedaron esas noches cuando el legendario estadio de Corrientes y Bouchard se llenaba y cientos de personas se quedaban afuera escuchando por los altos parlantes como anunciaban su nombre y el griterío ensordecedor hacía estremecer a los adversarios de turno.
      Así y todo algunos quisieron darle una mano, entre ellos el viejo y recordado rival rosarino con el que protagonizó seis peleas inolvidables ganando tres cada uno. Este abrió un restaurant y lo llevó como atracción del lugar. Lo único que tenía que hacer era sacarse una foto con los comensales y con su carisma decirles “Buenas noches y buen provecho”. Sumido en el ocaso el destino lo encontró en una villa miseria, paradójicamente se lo veía sonriendo a pesar de todo. Olvidado y viviendo de prestado terminó vendiendo muñequitos en la cancha de independiente.
       Antes de que el mundo se estremeciera con el asesinato de Kennedy en la ciudad de Dallas y en medio de la fiebre que generaban Los Beatles, “Los Diablos Rojos” se enfrentaron a River Plate en Avellaneda y a la salida del estadio se cayó del estribo del colectivo al que intentaba subir en movimiento. No sólo la rueda lo pasó por arriba, sino también la indiferencia que lo dejó tirado agonizando en la acera diciendo con el último aliento que le quedaba “No me dejes solo hermano”. En el hospital nada pudieron hacer, dos días más tarde, y antes de cumplir los cuarenta años, su alma se elevó a lo más alto de la eternidad, por la gravedad del accidente, pero también por el olvido y la tristeza. En la semana los medios periodísticos se hicieron eco de la noticia y realizaron una gran cobertura de su muerte repasando su vida. Diversas personalidades del espectáculo y del deporte eran llamados de las radios para recordarlo. Como buen ídolo popular, con el tiempo se convirtió en mito, a pesar de no haber sido campeón ni haber peleado nunca por el título, pasó a ser uno de esos personajes que la gente termina queriendo aún sin haber conocido. Su velorio en la Federación Argentina de Box fue una manifestación genuina del pueblo que camino al cementerio cantó  la marcha Peronista.
     Con los años, al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, una de las revistas especializadas lanzó un número especial con un póster desplegable en su interior, evocando su noche más gloriosa bajo las luces del Luna Park, con los puños en alto apuntando al cielo, el torso desnudo, el pantalón manchado de sangre, la cara sonriente y el epígrafe con el nombre y el apodo que lo harían inmortal: “José María Gatica. El Mono”  


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada