jueves, 11 de junio de 2015

Contrato moral

   Nos fuimos con lo justo sin mirar atrás, con rabia y dolor, pero con las convicciones intactas. Los que se quedaron se tuvieron que callar manteniéndose al margen.
  Desde que los milicos lo habían bajado a Frondizi en el 62, ya la cosa no daba para más. Hacía mucho que nos veníamos tragando el orgullo de ser lo que éramos, hasta que un día no aguantamos más. A mi la vida me llevó a Sudáfrica, lo mismo hubiera sido al Congo Belga o algún archipiélago perdido en el mapa.
  Al poco tiempo de mi llegada me enteré que un equipo de rugby argentino andaba por esas tierras realizando una gira. Yo lo único que sabía de ese deporte era que se jugaba con una pelota ovalada, pero eran mis compatriotas y no dudé de estar junto a ellos. La cita era en el majestuoso Ellis Park Stadium de Johannesburgo, el 19 de junio de 1965 donde según decían, los Juniors Springboks nos pasarían por arriba, pero no fue así.
   Aún guardo en mis retinas la imagen congelada del vuelo eterno en palomita de Marcelo Pascual, con la pelota aferrada entre sus manos cuando el tiempo se detuvo y el posterior silencio de un estadio que no podía creer que esos tipos sudamericanos les habían mojado la oreja. Ellos nunca hubieran imaginado los festejos posteriores, la emoción y las lágrimas. Cómo no iban a llorar esos jugadores si con garra y corazón habían logrado una verdadera hazaña, un histórico e inolvidable triunfo por 11 a 6 que hizo nacer para siempre el apodo de “Los Pumas”.
   Muchísimos años después cuando retornó la democracia regresé al país. Volví a tener sus voces en mis oídos y a sentir el aire que entibiaba sus calles. Como si fuese una obligación moral, un contrato no firmado, cada vez que Los Pumas juegan en Vélez o en Ferro voy a verlos, porque hay como un lazo que me une a ellos desde aquella lejana tarde africana.
   Sigo sin entender las reglas del juego y no me importa. Me basta con estar cerca de ellos, con verlos cantar el himno, con ver flamear la bandera celeste y blanca recortándose entre las nubes, como aquella vez cuando a miles de kilómetros de distancia, me hicieron sentir el orgullo de ser argentino.

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