martes, 2 de agosto de 2011

El orgullo de ser del oeste




Lorenzo sabía que en algún momento de su vida debía tomar coraje y cantarle las cuarentas al soberbio y trastornado de su jefe, porque una cosa era tolerar lo concerniente al trabajo y otra muy distinta era que este lo denigrara y subestimase. Pero como no tenía las bolas suficiente para renunciar y buscarse otro trabajo donde los trataran dignamente, se aguantaba todas las estupideces de su patrón, trabajando hasta cualquier hora y escuchando anécdotas fantásticas sobre su pasado. Encima el otro se daba corte porque vivía en Palermo y le hablaba de la historia y el esplendor del barrio, como si se tratase del mejor lugar del mundo para vivir y para colmo se la pasaba discriminado a los que habitaban del otro lado de la General Paz, y todo eso por un bajísimo sueldo con el que no llegaba ni a fin de mes. Así eran sus días, volvía a su casa enfermo de los nervios y maldiciendo la hora de renunciar de una buena vez, para dejar de soportar a ese tipo que creía que se las sabía todas y era solamente un pobre gil de cuarta. Lo curioso del caso era que el señor González se daba cuenta de la situación y le prometía que iba a cambiar, que lo iba tratar mejor y respetar su horario de salida, pero eso nunca sucedía. Por eso también le tenía cierta lástima a ese infeliz que se creía estar de vuelta de todo. Además sabía que era preferible malo conocido que bueno por conocer ¿A dónde iba a ir a trabajar si no tenía nada seguro?
Un anochecer después de cumplir y renegar con su rutina diaria, estaba haciendo la fila en la parada de colectivos. Cuando el auto de su jefe se aproximaba a la vereda se subió el cuello del abrigo para que este no lo reconociera, pero fue en vano, su jefe bajando la ventanilla y asomando su excesiva calvicie y ridícula papada le dijo: “Subí.” Lorenzo se maldijo por dentro, pero entró en el habitáculo y como siempre el otro comenzó con su retórica de boludeces. Claro que cada día se salía con algo distinto y por eso Lorenzo no sabía con que lo sorprendería esta vez.
            —Acá el tema, la base de todo es la educación, hablar bien por sobre todas las cosas. ¿Vos viste lo que dijo el periodista antes del partido?
Lorenzo, preguntándose si eso le pasaba solamente a él, sin decir nada lo miró con cara de “ni idea”.
—Dijo textualmente: hoy juega La Argentina. Je “La” Argentina ¿Y por qué no agregó contra “La” Holanda? No si hoy en día se escuchan cada cosa...
—A ver decime ¿dónde está nuestra empresa?
—En Marcelo T. de Alvear. —Dijo refregándose los ojos como si estuviese cansado.
—Ahí tenés ¿ves? O sea que la madre le puso Marcelo “T”. ¿No le habrá puesto Marcelo Torcuato? Yo por ejemplo vivo en la avenida Juan Bautista Justo, ¿entendés? No en la Juan B. Justo, porque sino sería la avenida que mejor ve.
El jefe lanzó una carcajada que dejó al descubierto los dientes desparejos mientras golpeaba repetidamente al volante con las palmas de las manos.
—Vos no sabes lo que es Palermo, no se compara con nada y menos que menos con el Conurbano.—cuando terminó de decir esto último hizo un gesto despectivo.
Al pasar frente a la cancha de Huracán, Lorenzo la contempló y agregó:
—Nunca vine.
González que no entendía a que se refería le preguntó sin mirarlo con la mano en la palanca de cambios.
—¿Adónde?
—Al Palacio Tomás A. Ducó.
El señor González agarró el volante con rabia y le echó una mirada de furia.
Lorenzo agregó arrepentido.
Al Tomás “Adolfo” Ducó.
—Muy bien, muy bien. ¿Sabes cómo se llama esta avenida?
Lorenzo que estaba observando una rubia que le hacía señas a un taxi, miró el cartelito de la esquina sobre el poste.
—Leandro “Nicéforo” Alem.
            —Ahí vamos mejor ¿ves? A este país lo cambiamos entre todos sino no lo cambia nadie ¿entendés?
—¿?
Ya habían llegado a Retiro. El auto se movía cuidadosamente entre el hormiguero de gente. Lorenzo abrió la puerta del vehículo y se bajó.
—A propósito ¿vos donde vivís que té tomás el tren acá?
Antes de caminar entre los vendedores ambulantes y perderse entre voces confusas, Lorenzo entendió que esa era la oportunidad que tanto tiempo había estado esperando, uno de esos momentos en la vida donde el hombre debe demostrar sus agallas sin importar las consecuencias. Tenía que sacarse ese peso de encima de una vez por todas, por eso tomó coraje, se desabrochó la campera porque el fuego le quemaba por dentro, infló el pecho y dando un portazo exclamó con orgullo:
—En José C. Paz ¿Algún problema?