jueves, 10 de noviembre de 2016

Sheldon, el fútbol y el miedo a la oscuridad

     Sidney Sheldon figura como el séptimo escritor de ficción más vendido de todos los tiempos. En su vasta trayectoria supo crear verdaderos best sellers, con un sensible pulso narrativo que atrapan al lector hasta el último párrafo. Sus libros fueron leídos por millones de personas y no por nada lo llamaban “El maestro de la literatura de entretenimiento”.
     Algunos podrían llegar a pensar que el fútbol no tendría cabida dentro de sus obras, debido a las tramas y los temas con que armaba sus relatos. Porque para un escritor que centra sus historias en espionajes, traiciones, poder, dinero, ambiciones, miedos y enigmas, meter al fútbol, aunque sea de pasada, resulta un tanto complicado. Lo cierto es que en el 2004 apareció “¿Tienes miedo a la oscuridad?”, una novela que ya desde el título acapara la atención del lector.
     La historia es una típica narración Sheldoniana de intriga y misterio. Lo llamativo es que en un pasaje del libro se desarrolla una escena un tanto particular. En ella Kelly, una escultural modelo de raza negra con un pasado sombrío que le teme a la oscuridad, es cortejada por Mark Harris, un científico brillante que se desvive por caerle bien y que hace lo imposible por levantársela, incluso hacerle una pregunta para luego complacerla según lo que ella responda.
     —¿Qué es lo que más te gusta hacer Kelly?
     —Me encantan los partidos de fútbol. ¿Te gusta el fútbol?
     “Cagamos dijo Ramos”, habrá pensado el muchacho que no se esperaba esa respuesta ni por asomo. Sin embargo, lejos de desanimarse, le manifestó con un leve titubeo.
     —Este… Si…Me encantan... si, claro.
     Así fue como se salió con la suya y logró invitarla para ir el sábado al estadio del París Saint-Germain a presenciar el encuentro entre el Lyon y el Marsella. Como una pareja de tortolitos que se dispone a ver una película en un cine continuado se perdieron entre la multitud, fijando las miradas en el campo de juego.
     Demás está aclarar que el pobre flaco no cazaba una de fobal, pero en un heroico intento por estar a la altura de las circunstancias, no sólo consiguió las mejores ubicaciones en las tribunas, sino que también trató de aprender lo que más pudo en sólo tres días, con el solo fin de impresionar a la chica y no decir cualquier verdura. Tan bien hizo los deberes que terminó sabiendo más del juego y los jugadores que algunos comentaristas.
     Lyon - Marsella (Según la novela) fue un partido vibrante, excitante donde los dos arqueros hicieron lo imposible para evitar los goles del rival. Y al final la cosa le salió bien a Harris, que estaba más eufórico por haber logrado su cometido que por el triunfo del conjunto de Lyon. La joven, profundamente conmovida, empezó a sentir ese loco deseo llamado amor, que se movía dentro suyo como un hormiguero. De a poco la morocha iba sintiendo que le perdía el miedo a la oscuridad, gracias a la compañía de su enamorado. Lamentablemente (Por obra y gracia de Sidney) Mark no tuvo un final feliz en la novela. Pero bueno, por lo menos se fue de este mundo habiendo visto un partido de fútbol, lo cual no es poca cosa.
     En el 2007, a los 89 años, Sidney Sheldon falleció en California. En sus novelas de suspenso tocó todos los temas habidos y por haber y ha creado personajes con las más diversas características físicas y psicológicas. Fue un grande que con maestría supo atrapar a los lectores con historias que se desarrollaron en casi todos los lugares posibles que uno se pueda imaginar. Porque a Sheldon todo le servía a la hora de escribir, incluso un apasionante partido entre el Lyon y el Marsella, por la liga francesa, en una tarde parisina.

lunes, 21 de marzo de 2016

El tigre al que todos llamaban mono


“El éxito es una vieja prostituta. Viene, se acuesta con vos, te cobra y se va”
(Sandro)

    La ambulancia tardó una eternidad. En el hospital bajaron la camilla y lo llevaron a la sala de guardia, en donde los médicos que lo atendieron se apenaron por su estado de salud. No era la primera vez que ingresaba a un hospital, pero esta nada tenía que ver con otras. En una oportunidad los medios de prensa y los amigos de turno abarrotaron el lugar y el tránsito se volvió un caos, por la cantidad de curiosos que se paraban en la esquina casi sobre la senda peatonal. Aquella había sido una noche emocionante; era la pelea que todos esperaban ver, era la pelea de su vida y con esa convicción subió al ring. Ganar significaba comenzar a escalar la gloria y dejar atrás una infancia dura, de hambre y miseria. En cada derecha iba la bronca y la esperanza, en cada gancho el odio y la superación. Pero el rival, como la vida, era un hueso difícil de roer. Después de los interminables y dramáticos asaltos las tarjetas de los jueces dieron su fallo. Ganó por puntos pero ganó; peleó con el alma, dejando la vida. Los golpes que recibió lo llevaron esa misma noche al hospital, respirando forzadamente y con las vendas puestas.
      Ya comenzaba a ser reconocido por su estilo agresivo y sobrador, abajo del ring era humilde y orgulloso, atrevido y fanfarrón, y por eso el ring side lo odiaba mientras que la popular lo amaba. El boxeo lo llevó a lo más alto dejando atrás una niñez de lustrabotas en Plaza Constitución, de esa Buenos Aires a la que había llegado a los siete años con su familia desde Villa Mercedes, hasta que un peluquero que lo vio pelear en la calle le propuso hacerlo por plata y luego como profesional. Sólo algunos lo llamaban “El tigre puntano”, para el resto era simplemente “El Mono”.
      Cada vez que ganaba, en los cabarets que solía frecuentar era recibido como un verdadero ídolo, la gente lo idolatraba y él tiraba besos a diestra y siniestra mientras bajaba de un auto de lujo y vestido con impecable traje con tiradores y sombrero haciendo alarde del dinero. Eran incontables los amigos que tenía y las mujeres que se le acercaban, hasta Evita y Perón lo iban a ver. Cuando éste último en una ocasión le estrechó la mano, desde el cuadrilátero él le dijo sin ponerse colorado: “Dos potencias se saludan mi general”. Decía que para hablar con él había que pedir audiencia y al que lo llamaba “Monito” aunque sea cariñosamente le contestaba “Monito las pelotas. Entendiste papito. Aire, aire”, pero así y todo la gente lo quería. Era capaz de sacarse el costoso saco que llevaba puesto para tapa al primer linyera que aparecía tirado. No era bien visto en los salones exclusivos a los que asistía luego de cada combate aún con la cara magullada siendo el centro de miradas despectivas.
      Ya siendo tapa de “El Gráfico” y con el aval oficial viajó a Nueva York, para medirse ante el campeón sin estar en juego la corona. La velada mantuvo en vilo a medio país que esperaba con ansias los relatos, pero terminó besando la lona en el primer asalto y el sueño se hizo añicos. Cuentan las malas lengua que a su vuelta el General pidió verlo en su despacho sólo para darle un cachetazo. Su poco apego al gimnasio, sus salidas nocturnas y la buena vida le pasaron factura y dos años antes de que se produjera el levantamiento militar del ´55, perdió con su eterno rival. Se fue con el maxilar roto y una lluvia de insultos de los oligarcas que festejaban verlo derrotado. Después siguió peleando pero ya no era el mismo. Con la Revolución Libertadora en el poder, el General en el exilio y el Peronismo proscrito, el régimen lo sacó de escena y allí comenzó su decadencia. Los amigos se retiraron tan pronto como habían llegado y una noche, luego de una presentación en Lomas de Zamora, la policía fue a detenerlo por su adhesión al gobierno Justicialista. El dinero y la fama que acumuló se le habían escurrido como el agua que se vierte en un colador.
       Sin preparación para afrontar la vida, al poco tiempo los apremios económicos lo pusieron contra las cuerdas. Empezó a hacer exhibiciones en el interior del país llegando a enfrentar a tres y cuatro rivales por noche que lo golpeaban con saña y en donde la mayor parte del dinero no era para él sino para los empresarios que montaban una versión moderna del circo romano. Lejos, muy lejos quedaron esas noches cuando el legendario estadio de Corrientes y Bouchard se llenaba y cientos de personas se quedaban afuera escuchando por los altos parlantes como anunciaban su nombre y el griterío ensordecedor hacía estremecer a los adversarios de turno.
      Así y todo algunos quisieron darle una mano, entre ellos el viejo y recordado rival rosarino con el que protagonizó seis peleas inolvidables ganando tres cada uno. Este abrió un restaurant y lo llevó como atracción del lugar. Lo único que tenía que hacer era sacarse una foto con los comensales y con su carisma decirles “Buenas noches y buen provecho”. Sumido en el ocaso el destino lo encontró en una villa miseria, paradójicamente se lo veía sonriendo a pesar de todo. Olvidado y viviendo de prestado terminó vendiendo muñequitos en la cancha de independiente.
       Antes de que el mundo se estremeciera con el asesinato de Kennedy en la ciudad de Dallas y en medio de la fiebre que generaban Los Beatles, “Los Diablos Rojos” se enfrentaron a River Plate en Avellaneda y a la salida del estadio se cayó del estribo del colectivo al que intentaba subir en movimiento. No sólo la rueda lo pasó por arriba, sino también la indiferencia que lo dejó tirado agonizando en la acera diciendo con el último aliento que le quedaba “No me dejes solo hermano”. En el hospital nada pudieron hacer, dos días más tarde, y antes de cumplir los cuarenta años, su alma se elevó a lo más alto de la eternidad, por la gravedad del accidente, pero también por el olvido y la tristeza. En la semana los medios periodísticos se hicieron eco de la noticia y realizaron una gran cobertura de su muerte repasando su vida. Diversas personalidades del espectáculo y del deporte eran llamados de las radios para recordarlo. Como buen ídolo popular, con el tiempo se convirtió en mito, a pesar de no haber sido campeón ni haber peleado nunca por el título, pasó a ser uno de esos personajes que la gente termina queriendo aún sin haber conocido. Su velorio en la Federación Argentina de Box fue una manifestación genuina del pueblo que camino al cementerio cantó  la marcha Peronista.
     Con los años, al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, una de las revistas especializadas lanzó un número especial con un póster desplegable en su interior, evocando su noche más gloriosa bajo las luces del Luna Park, con los puños en alto apuntando al cielo, el torso desnudo, el pantalón manchado de sangre, la cara sonriente y el epígrafe con el nombre y el apodo que lo harían inmortal: “José María Gatica. El Mono”  


jueves, 17 de marzo de 2016

Entrevista a Patricia Dinelli


Nacida para cantar

Silvia Nieves la escuchó y quedó fascinada con su voz y en menos de una década logró insertarse en el ambiente artístico de la noche porteña. Se crio en José León Suárez, lugar al que ama, y desde chica tuvo pasión por la música. Mientras prepara sus primeros materiales discográficos, reparte su tiempo entre el trabajo, sus hijos y los eventos donde canta desde tango y chamamé hasta melódico y folclore.


Por Rodrigo Gaite

      Pactar una cita con una cantante de tango en Corrientes y Uruguay, es algo así como encontrarse con un pescador a orillas de un rio. Para Patricia Dinelli, como para otros intérpretes de la música ciudadana, esa geografía encierra magia y misterio. Es por eso que se sienten como pez en el agua cuando transitan por uno de los lugares más encantadores de Buenos Aires. En un rincón apartado de un conocido café, y antes de asistir a la clase de los martes, donde está aprendiendo a bailar tango con Oscar Bank, Dinelli hablará de su carrera y de los proyectos en los que está trabajando. “Ahora estoy por preparar una peña en Villa Ballester que ya había organizado el año pasado. Me fue muy bien y la gente me pidió que la vuelva hacer. Se llama “Ballester canta así” y será los domingos al mediodía, más o menos para el mes de mayo. Me compaña Julio Pérez con la guitarra y a veces Chiche Curiale con el bandoneón”, comenta.

La hija del almacenero

      Si bien nació en Ballester, al mes ya vivía en el lugar que pasaría toda su existencia y al que le tiene un cariño muy especial: José León Suárez, su lugar en el mundo. “Mi papá tenía un almacén cerca de avenida Márquez y ahí viví toda mi vida. El barrio para mi es como mi familia, ahí soy la hija del almacenero. Mi papá fue un personaje de ese lugar. Él tenía el negocio y además en la esquina artículos del hogar, ambos estaban unidos, era algo así como de ramos generales. Era muy simpático, a las clientas que entraban él ya les conocía los gustos musicales, entonces entraba una y él le decía: 'María, salió la última de Silvana Di Lorenzo', comparaba el disco y los ponía en el wincofon. Tuvo la suerte de que mi mamá no era celosa, porque ella lo estaba escuchando desde la cocina.”, recuerda con gracia y evoca aquellos años felices de su infancia. “En mi casa siempre gustó mucho la música. A mi mamá le gustaba Argentino Ledesma y mi abuelo José me regaló, a los 13 años, una guitarra de la famosa “Casa Núñez”. Después mi papá me mandó a una profesora y en el colegio de monjas, al que asistí, siempre estaba en los coros. En los recreos llevaba la guitarrita y sacaba de oído las canciones de moda. De chica admiraba a Libertad Lamarque y Susy Leiva”.
       Pero fue en cuarto año del secundario cuando su relación con la música empezó a tomar otro color. “Me enteré que se realizaba un concurso en mi barrio, en un lugar que era tipo un teatro en ruta 8 y 9 de Julio. Se hacía un concurso de folclore para chicos de la escuela, por eliminación como el de la tele. Llegué a mi colegio y les empecé a avisar a todas mis compañeras y armamos un conjunto que se llamaba “Las voces del viento”. Nos anotamos y nos tomaron. La primera vez salimos en el tercer lugar. Yo enojada fui a preguntar por qué terceras. Me dijeron que era porque teníamos pocos instrumentos, claro, teníamos bombo y guitarra nada más. Al otro sábado teníamos que cantar tres canciones y hasta un piano llevamos, teníamos un papá que era fletero y él lo llevó. A partir de ahí empezamos a ganar hasta que nos ganamos 15 días en Bariloche. Después también estuvimos en el teatro Alvear. Luego seguimos cantando en peñas y en un momento los de la clase B, que eran dos varones, se fusionaron con nosotros. Hacíamos temas como “Alfonsina y el mar” o “Puerto de Santa Cruz.”, repasa y recuerda una de las tantas anécdotas de aquella etapa. “Estábamos en “OLA”, se llamaba así por Omar, Luis y Alberto. Ahí también cantaba Daniel Toro además de nosotras y después entraba Mario Sánchez. Yo tenía 17 años y a mi papá me retaba porque yo me mataba de la risa con los chistes verdes que contaba Mario Sánchez.

Y apareciste tú

        Hay quienes sostienen que a veces en la vida hay que estar en el lugar indicado y en el momento justo, claro, como si fuese fácil. Sin embargo hubo un día en que Patricia estuvo en el sitio preciso y a la hora señalada. “Mis amigas son las mismas que tenía en el colegio y como ellas sabían de mi pasión por el tango, un día yo estaba en mi trabajo y viene una y me dice: ‘¿Te enteraste que acá a la vuelta viene Mario Marmo con Daniel Cortes?’. Yo ni enterada y a Cortes lo había ido a ver hacía un mes al teatro. Salí del trabajo, fui a sacar una entrada y el día del evento me quedé con mi amiga en la última mesa. En un momento Silvia Nieves baja del escenario, se viene hasta la última mesa donde yo estaba y me pone el micrófono para que cante un pedacito, después se fue y siguió cantando. Cuando termina el show, yo agarro mi cartera para irme y la veo a ella que me corre y me pregunta: ¿Cómo te llamas? Patricia Dinelli, le digo y me pregunta: ¿Vos cantás? No le digo. Yo lavo, plancho y cocino, y me dice: ‘Te aseguro que a partir de ahora vos cantás’ y yo la miré como diciendo ‘Está loca’. Me invitó a “Quintino” para que fuera un viernes y a partir de ese viernes nunca más bajé del escenario. A partir de ahí empecé a estudiar y a dedicarme a full. Después con el tiempo empezó una amistad, ella para mi es un ángel. Silvia y su marido tienen una generosidad para conmigo que yo no tengo palabras para agradecerles.

Empezando a volar

       Aquella noche significó el punto de partida de una carrera que no se detiene y en donde Dinelli ya ha dejado su impronta en lugares como “Bien Bohemio”, “Homero Manzi”, “Taconeando”, “Aníbal Troilo” y “La Barbería”, además de fiestas privadas y otros eventos como el de su recordada actuación en el 2012, en el marco por los 80º aniversario de José León Suárez “Fue increíble, canté ante 3500 personas y me hicieron cantar 9 canciones. Yo estaba feliz, porque era mi barrio, pero ahí sigo siendo Patricita, la hija del almacenero.”, evoca y haciendo un balance de su carrera agrega: “Yo cuando subo al auto, todas las noches, digo ‘Gracias’, por todo lo que logré y porque a parte estoy con compañeros excelentes, como Carlos Morel o Carlos Gari, a quienes yo veía por la tele. Con ellos nos respetamos y nos queremos. En “Quintino” estoy con Tony Gallo, Carlos Piña y Mario Marmo, y con Julio Pérez he ido a la televisión al programa “Te cuento y te canto”. Y añade con sinceridad cuando expresa lo que intenta trasmitir con sus canciones: “Ojalá, que después de un show, la gente se pueda ir con una sonrisa. Cada vez que hago algún tema siempre les dejo algo, si canto el tema “Soñemos” siempre les pido que no dejen de soñar, porque a mí se me cumplió el sueño. A mi la gente me brinda cariño, me llena el corazón.”. Todo lo que hace, lo hace con entusiasmo, hasta cuando cocina, ya que con cuatro hijos es más que obvio que Patricia tiene que saber cocinar, claro que nunca pensó que iba a tener que hacerlo en un programa de televisión. “La vida siempre me sorprende: Fui a la cardióloga y salió el tema de que cocino y me pregunta ‘Para qué haces tanto’ y yo le decía para mi casa, para mis hijos y ella me dice: ‘Yo te voy a llevar a un lugar’. Yo no tenía idea a dónde iríamos y fuimos al programa “Cocineros en Casa” con Martiniano Molina y Donato de Santis, que iba por canal 13. De esto hará unos tres años y la pasé genial. Igual todos los mediodías mis hijos vienen a almorzar a casa. Hago malabares ya que trabajo en un comercio vendiendo ropa, en Villa Ballester y siempre ando a las corridas.

Tango, folclore y todo lo que se pueda cantar

       Lejos de encasillarse dentro de un género determinado, “Pato”, como la conocen sus amigos, supo incursionar en casi todos los estilos “Yo, más que nada, me identifico con las letras. Interpreto un tema que se llama “Si te dijeron” y cada vez que lo hago me preguntan de dónde lo saqué”. Hay otros como “Muriéndome de amor”, que cuando lo hago siento que me estoy muriendo de verdad. En cuanto al tango, para el público extranjero hay un repertorio clásico, temas como “Por una cabeza” o “Volver”, pero para el tanguero de acá, además de eso, suelo hacer “En carne propia”, “El último escalón” o “Más allá del corazón”. Busco canciones que no son muy cantadas y conocidas. Yo disfruto todo: Desde estar en un geriátrico hasta en un teatro o en una peña. Canto desde melódico hasta tango y chamamé”, explica. Pero para saber bien de qué se trata, se pueden escuchar en You Tube algunos de sus temas, poniendo su nombre en el buscador y dejando que su voz fluya desde los parlantes de la PC.
Si hay algo de lo que nunca va a dejar de hablar, es de estar agradecida a todo lo que la rodea. “Agradezco a la vida que siempre me encuentro con gente buena. Ahora estoy trabajando para mi primer CD, con producción de Mario Marmo, donde va haber tangos y algunos valsecitos peruanos, además de mi famoso tema “Frente a la Facultad” que a la gente le gusta mucho. Después, más adelante, con Julio Pérez, voy hacer otro trabajo con temas melódicos y folclóricos. De cara al futuro me gustaría armar algo groso con Silvia Nieves y otros artistas.”, detalla. Claro que también está la posibilidad de verla en vivo el segundo y el cuarto viernes de cada mes en “Quintino” y el primero y el tercero en “Nosse”, además de los sábados en “Los Montaditos de Ale”. Y como lleva la música incorporada no tuvo mejor idea que aprender a bailar Tango. “A Oscar, que es un gran bailarín, lo conozco hace mucho y siempre me insistía en que fuera a aprender con él. Hasta que un día me decidí y acá estoy. En cuanto a la música, quisiera ser mucho más famosa para poder ayudar. Lo veo a Axel y lo admiro por como ayuda. Soy una persona muy sencilla y amo mi barrio. Tuve la oportunidad de irme a vivir a un country y no quise saber nada.”
En Buenos Aires ya empieza a oscurecer, pero la avenida Corrientes no duerme, porque tiene vida propia. Por allí se va caminando Patricia Dinelli radiante y feliz, como cada vez que sube a un escenario. 

domingo, 28 de febrero de 2016

Stallone y el fútbol


   Antes de salir para Afganistán John James Rambo y Mushaf Gani, caminaban distendidos por el desierto junto a un chiquillo. Frente a ellos un grupo de hombres iba a caballo de un lado para otro, gritando como poseídos, mientras se disputaban una oveja muerta. Mushaf Gani, le explicó al americano que se trataba del deporte nacional, un antiguo juego que ni la guerra podía detener. Cuando le preguntó si le gustaba, Rambo, hombre de pocas palabras y mucha acción, contestó sin titubear:
     —Prefiero el fútbol.
     —¿Fútbol? ¿Qué es eso? ¿Se juega con el pie?
     —Y con la cabeza — Respondió Rambo, que la tenía re clara. 
     La escena de “Rambo III” no dejó dudas, pero los aguafiestas de siempre sentenciaron.

     —Es una cuestión de marketing. Lo dijo para quedar bien.
     Habría que decirles a esos mala ondas, que busquen y vean en VHS, en DVD, en YouTube, en Cuevana o en donde sea “Escape a la victoria”, cuando Sylvester Stallone y otros aliados que se encontraban en prisión, fueron desafiados para enfrentarse en un partido de fútbol ante un combinado alemán. Mientras ideaban un plan de fuga, los presidiarios, entre ellos Edson Arantes do Nascimento, Osvaldo Ardiles y Bobby Moore, además de Stallone como arquero, se entrenaron duro para el match, en que luego de ir perdiendo 4 a 1 en la primera mitad, llegaron al empate con un golazo de chilena de Pelé, que averiado y todo, mandó a la pelota de tiento al fondo del arco. Pero como Stallone quería sus 30 segundos de fama, tuvieron que añadir otra escena para que él se luciera. Por eso faltando tan solo un minuto para el final del juego, el juez sancionó un penal a favor de los alemanes. Fue en ese preciso instante cuando las musas cinematográficas se metieron en el cuerpo del musculoso actor, al que durante el primer tiempo había que decirle dónde se tenía que parar en un córner. Stallone y su verdugo se miraron fiero, en absoluto silencio y cuando el árbitro dio la orden, en un vuelo elástico y elegante Sylvester, voló hacia su izquierda y se quedó con el balón atenazándolo entre sus manos. Heroico, sublime, de otra película.
     Años antes, cuando Pelé ya comenzaba a dejar sus últimas pinceladas en el Cosmos y Ardiles todavía no era campeón del mundo, en la piel de un humilde boxeador de Filadelfia llamado Rocky Balboa, “Sly” saltaba a la fama mundial. Con los años supo disfrutar de los lujos, las cenas de gala, las mejores minas, los millones en la cuenta bancaria, los premios Oscar, los globos de oro, los muñequitos de quermese y también de los anabólicos y el dale que dale con los fierros. Llevaba la vida de una superestrella. Se casó, se separó, se volvió a casar, tuvo varios hijos y también conoció el dolor en la vida real cuando falleció Sage, uno de sus hijos.
     Paralelamente a su éxito de taquilla con Rocky, comenzaba otra saga que quedaría para siempre entre los amantes del cine de acción. “Rambo”, el ex boina verde, combatiente de Vietnam, súper poderoso y todoterreno, capaz de ganar una guerra el solito, contra todo un ejercito armado hasta los dientes.
     Ya sabemos que, a través de la pantalla grande, Sylvester Stallone “Las hizo todas” manejó un camión, ganó pulseadas sacando a relucir su amor propio, liberó rehenes, derribó helicópteros con un arco y una flecha, fue un experto en armar y desarmar explosivos, combatió como nadie en la selva donde se la pasaba bajando muñecos y hasta le mojó la oreja a los rusos. Desde hace un tiempo largo su nombre reluce en una estrella en Hollywood, lugar reservado para los grandes entre los grandes y como él se codeó con los mejores actores y directores del celuloide estadounidense, allí estará para siempre.
    Pero a él le gusta el fútbol. Se dice que aún hoy se lamenta de no haber podido comprar al Everton FC, equipo del que es hincha y se tiene que conformar con mirarlo desde la tribuna. Es de imaginar que en el verde césped, el neoyorquino no hubiera sido un fino y elegante número 10. Habría sido algo así como una mezcla entre Genaro Gatusso, Simeone, “Hacha Brava” Navarro y Mascherano. Andá a sacarle la pelota. Y no te hagas el loco porque saca el cuchillo y te corta los cordones de los botines.
     Hace poco Stallone volvió a la escena boxística con “Creed”, donde entrena al hijo de su viejo rival: Apollo Creed y a los 70 años, sigue actuando y dirigiendo. Aunque el fútbol sea su pasión, a Sylvester Stallone siempre le fue mejor con los puños y la acción que jugando a la pelota. Aunque con la fama y los millones que tiene, mucho drama no se hace.

viernes, 15 de enero de 2016

Por siempre cervecero


“Para mi viejo. Por las charlas compartidas”

     —Así que vos sos del interior. Yo también. De Tucumán e hincha de Atlético.
    Guido infló el pecho con orgullo y con la mirada cristalina comentó:
     —Ah, tenemos los mismos colores.
     —¿En serio? No me digas.
     El joven agarró el celular que estaba sobre la tapa de la caja de herramientas y le mostró a don Anselmo lo que usaba como fondo de pantalla. Era el escudo, con los colores celeste y blanco a rayas verticales, del club de su ciudad natal: Argentino de San Carlos Centro.
     —¿Y hace mucho que estás en Buenos Aires? — Le preguntó el hombre mayor, entrado en canas y expresión serena, mientras separaba el dinero para pagarle.
    —Me viene a los 17, para una prueba en Huracán. En realidad “nos” vinimos, porque mi señora también es de allá y quiso acompañarme. En esa época éramos novios.
     —Ah, claro. Vos sos jugador de fútbol.
    —Si, pero como el fútbol no me da para vivir, en los momentos que puedo hago estos trabajos de plomería y gas, como hacía allá con mi tío Rodolfo, antes de venirme a Buenos Aires.
     Siguieron dialogando un rato más sobre San Carlos y sobre Argentino, y Guido terminó de guardar las herramientas, que había utilizado para colocar la nueva grifería en los artefactos del baño. Después de despedirse del dueño de casa, con un cordial apretón de mano, salió pensativo rumbo a la suya. Seguramente Paula ya habría llegado y como todas las tardes iban a tomar unos mates, distendidos y hablando de la rutina de ambos, en la mesa rectangular de la cocina. Así lo venían haciendo cada tarde desde que se establecieron en la capital y el primero que llegaba esperaba al otro con el mate listo. Salvo que el tiempo se los permitiera, esos momentos no era muy prolongado porque por lo general, los dos tenían que asistir a la cursada nocturna.
    En el trayecto Guido se quedó pensando en la charla que había tenido con Anselmo. No eran muchas las ocasiones en que tenía la posibilidad de hablar sobre Argentino y cada vez que lo hacía se le erizaba la piel al recordar a su amado Cervecero. Ya que siempre que comentaba que era de Santa Fe, lo más lógico era que le preguntaban si era de Unión o de Colón. 
     Guido Barzollini tenía tan sólo dos años cuando desde los hombros de su padre, fue parte de los festejos por el campeonato de la liga santafecina del 81. Desde entonces supo del significado del amor incondicional y de ese sentimiento indivisible que lo unía a él, a su familia y a sus amigos con la entidad que se hizo se hizo grande por el empuje de su gente. Una institución que creció en ese lugar del mundo tan particular llamado “San Carlos”, el que fundara en 1858 Carlos Beck Bernard en el partido de “Las Colonias”, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Santa Fe, cuando llegó con la sociedad Colonizadora Suiza Beck y Herzog para poblar esos parajes.
   Unos años antes de ese acontecimiento, Justo José de Urquiza había salido victorioso en la Batalla de Caseros cuando derrotó a Juan Manuel de Rosas y tiempo después asumió como presidente de la Confederación Argentina. A partir de ahí otra etapa se iniciaba en el país y también para la inmigración. Claro que la visión Federal, del caudillo entrerriano, nos les causaba ninguna gracia al bando Unitario de Bartolomé Mitre y compañía. Por eso ambos se miraban con recelo, a tal punto que en 1859 se declararon la guerra dando inicio a la segunda Batalla de Cepeda.
   Así las cosas cuando, en plena presidencia de Urquiza, fueron arribando los expatriados europeos. En esos interminables viajes en barco, también llegaron los padres de los tatarabuelos de Guido y Paula, que quizás sin darse cuenta comenzaban a echar las raíces de una ciudad modelo. En ese arribo de extranjeros, con sus hábitos y sus creencias, se encontraban suizos, alemanes, franceses e italianos. Pero ya de entrada, entre ellos las cosas no anduvieron muy bien que digamos, ya que el idioma, la religión y las costumbres dificultaban la convivencia y fue por eso que al poco tiempo, la localidad se dividió en tres: Los franceses se agruparon en el norte, los alemanes y los suizos se quedaron en el sur y los italianos en el centro. Ustedes allá, nosotros acá y todos contentos.
     Fue justamente en el centro donde nacerían, entre otras, dos fábricas emblemáticas que son el orgullo de sus ciudadanos. La cristalería San Carlos y la única fábrica de campanas de todo Sudamérica: Campanas Bellini. Hay otras como Bisignano, Primo y Cía., Bessone y Lheritier que desde allí han exportado sus productos al resto del continente. Todo lo referente al pasado de la ciudad permanece atesorado en el Museo Histórico de la Colonia San Carlos; blanco y solemne por fuera, impregnado de objetos y recuerdos por dentro.
     En esa zona saturada de aire puro y cristalino, se entremezcla la cordialidad de la gente, que sigue manteniendo la esencia de ese pueblo que hoy cuenta con casi 12.000 habitantes. La atmósfera de esos parajes se encuentra perfumada por las fragancias de su bella vegetación y la frescura que emanan de las aguas del rio Coronda.
     Con el paso de los años, la ciudad fue creciendo y desarrollándose y en 1917, ya en los tiempos que Santa Fe se encontraba gobernada por Rodolfo Lehmann y el país bajo el mando de Hipólito Yrigoyen, el 12 de enero nacía el “Club Atlético Argentino”. Casi una década más tarde veía la luz “Central San Carlos”, el clásico rival. Pero esa es otra historia y en rojo y negro.
    Cuando llegaron a la Capital Federal, Guido y Paula alquilaron un sencillo pero confortable mono ambiente en el barrio de Barracas y como la prueba en “El Globo” no funcionó, lejos de desanimarse y querer volverse, el joven futbolista empezó a golpear otras puertas. Hasta que un día comenzó su carrera como jugador en la Primera C, que le abrió paso en el fútbol de AFA. Durante la semana, cuando los entrenamientos se lo permitían, trabajaba haciendo arreglos de plomería y gas. Así se fue haciendo conocido en el barrio y todos los trabajos los conseguía por el mejor sistema de propaganda para aquellos que trabajan en domicilios: El boca a boca. La gente lo llamaba y le tenía suma confianza. Siempre trabajó a conciencia. Siempre fue sincero, respetuoso y puntual, fue por eso que muchos de los que requerían sus servicios, generaban una cierta relación con él, no de amistad, pero casi.
   Su trayectoria futbolística en líneas generales fue regular. Tuvo altibajos, como todos, y buenos desempeños, pero nunca pudo salir de esa dura divisional. Jugaba por amor al fútbol, jamás hizo una diferencia económica y cuando le pagaban era a los premios. A veces la hinchada tenía poca paciencia y los muchachos de la barra se daban una vueltita por el vestuario. La dirigencia mucho no acompañaba y algunos entrenadores duraban menos de lo que canta un gallo. En fin. Se hacía lo que se podía. Pese a todo, nunca se arrepintió de haberse dedicado a jugar en el ascenso porque, por supuesto, todo tiene su lado positivo. La amistad, el compañerismo, el compromiso con la gente y la institución, el ponerse objetivos, el aprender a remar contra la corriente y superar obstáculos fueron algunas de las tantas cosas que aprendió gracias a transitar las canchas semi peladas de la C, categoría dura y exigente si las hay.
     Sin embargo dentro suyo, Guido seguía manteniendo el sueño de vestir los colores de Argentino como los hicieron su abuelo, su padre y dos de sus tíos. Para él “El tino” era un sentimiento que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Por eso aquella vez cuando partieron en micro rumbo a Buenos Aires, con un bolso enorme con correa al hombro cada uno, él se juró volver para vestir la camiseta que más quería. Nada le hacía pensar por entonces que su carrera se desarrollaría de esa manera. Las temporadas se pasaron volando y la posibilidad de pegar la vuelta se alejaba en el tiempo y más que un deseo comenzaba a ser una utopía.
    Paula se sentía a gusto residiendo en la ciudad y lo apoyaba en todo, pero por supuesto su deseo era volver a vivir en San Carlos, una vez que Guido se retirara de la actividad. Extrañaba a rabiar a los suyos y a Melina y Lorena, sus dos mejores amigas y excompañeras del colegio, a pesar de que siempre estaban en contacto. Primero por carta y por teléfono y en el último lustro por la red social más famosa y por WhatsApp. Cada vez que iba de visita y con el correr de los días caía en la cuenta de que tenían que regresar a la Capital Federal, una sensación de tristeza y nostalgia se adueñaba de ella y de sus ojos almendras rodaban un par de lágrimas que surcaban la piel blanca de sus mejillas, cuando se abrazaba con su madre y sus hermanas en el momento de la despedida.
     Paula Romina Moretti la hija de Elena, la modista y José Antonio, el agrimensor asistió a la escuela de Enseñanza Media Nº 213, mientras que Guido Barzollini lo hizo en la Nº 365 “Domingo Faustino Sarmiento”. Un atardecer, cada uno con su grupo de amigos, se cruzaron en la Plaza San Martín, la principal del pueblo, y mirada va, palabra viene comenzaron a tratarse con más frecuencia hasta que un día, sin darse cuenta, se pusieron de novios.
   Ya en Buenos Aires, mientras él cursaba de noche en la sede de Ciudad Universitaria la carrera de Arquitectura, ella estudió para ser maestra jardinera, ya que los chicos eran su debilidad. Con el tiempo, cuando aumentaron considerablemente las expensas y por la misma plata podían aspirar a algo mejor, dejaron el mono ambiente de Barracas y se mudaron a un departamento, un poco más grande en Villa del Parque, cerca de donde ella comenzó haciendo unas suplencias en un jardín maternal.
     Salvo por una fea lesión en cancha de Laferrere, cuando un rival se lo llevó puesto con pelota y todo y estuvo unos cuantos meses parado, “El Tano” nunca tuvo lesiones de importancia. Por eso casi siempre estuvo presente en las formaciones de los equipos que le tocó integrar. Era un típico volante central, con un juego simple, entregando la pelota limpia y a ras del piso. Aparecía donde nadie lo esperaba y por su personalidad, más de una vez le tocó llevar la cinta de capitán. Tenía carisma y estampa de crack, la mirada serena y el físico de los que por años han asistido al gimnasio. Sacando lo de la lesión, la única vez que permaneció tanto tiempo fuera del equipo, fue cuando el tribunal de disciplinas le dio 6 fechas por la cabeza luego de la recordada batalla campal, en cancha de Talleres de Remedios de Escalada.
     En la C pasó por varios clubes, logró un par de ascensos que fueron de lo más emocionante que le tocó vivir y supo del cariño de la hinchada coreando su nombre. El tema era que el fútbol nunca le dio para llegar tranquilo a fin de mes, pero como buen sancarlino siempre miraba para adelante con esfuerzo y perseverancia. Por eso no se quedó pensando sólo en la pelota sino que se puso a estudiar en la facultad, como podía y cuando podía, pero dándole para adelante. Sin prisa, pero sin pausa y si bien no llegó a terminar la carrera, aprobó unas cuantas materias. Por supuesto, estaba al tanto de la campaña del Cervecero en la Liga Santafecina, leyendo por internet “El urbano”, “El litoral” o “La voz de San Carlos”.
     Ya sea para las fiestas o para Semana Santa siempre se hacían una escapada a su lugar en el mundo. Por lo general pasaban Navidad en el hogar de los Moretti y Fin de Año en el de los Barzollini. Casi siempre se quedaban hasta que él tenía que presentarse para la pretemporada. Años más tarde de la partida, cuando decidieron contraer matrimonio, luego de una larga convivencia, lo hicieron en la parroquia San Carlos Borromeo.
     Aquella noche de ensueño Paula llegó en un Minerva convertible sedan de 1931. Imponente, con la carrocería verde brillante y volante de madera a la derecha; cerramiento corredizo negro opaco y dos faroles enormes a los costados de la parrilla delantera. Todo de un cromado reluciente al igual que los paragolpes. Una belleza acorde al evento. Cuando descendió del vehículo, tomada del brazo de su padre, todas las estrellas del firmamento titilaron para ella. Llevaba puesto un sencillo y delicado vestido blanco con un ramo de Jacintos aromáticos entre las manos y una corona de margaritas de fantasía en la cabeza, rodeando su cabello rubio prolijamente recogido. Él la esperó imperturbable a los pies del altar junto a su madre Gladys, que vestía un elegante trajecito de raso. El pelo castaño y bien cortito, le brillaba por el gel y la piel de su cara lucía fragante. Era la primera vez en su vida que se ponía un smoking. Abajo llevaba una camisa blanca rematada con un simpático moño negro. Días después del inolvidable acontecimiento, confesó con gracia que si bien parecía tranquilo, por dentro estaba más nervioso que aquella vez que le tocó patear el penal definitorio por el segundo ascenso en cancha de Cambaceres.
   Fue una noche única que quedaría fijada en sus retinas y en la de todos los habitantes del pueblo. La fiesta, obviamente, fue en la sede del Club. No faltó absolutamente nadie. Fueron horas y horas de alegría y baile y hasta las nonas de ambos se prendieron en el carnaval carioca. Emborrachados de felicidad vivieron uno de los días más conmovedores de sus vidas. Hasta que después de una breve pero sentida luna de miel en El Calafate, otro lugar de ensueño, volvieron a Buenos Aires y la vida, como no podía ser de otra manera, siguió su curso ajena al tiempo y la nostalgia.
     Antes de eso habían estado presenciando el Torneo de fútbol infantil “Argentinito de San Carlos”, una competencia para chicos de 7 a 12 años, de todas las provincias y Uruguay. Uno de los certámenes más serios y mejor organizados de los que existen en la República Argentina.
     A ellos las ganas de volverse a su tierra ya comenzaba a marcarlos de cerca y en octubre el 2011 cuando viajaron específicamente a ver el partido frente a Santa Fe FC, que significó un nuevo campeonato, pensaron seriamente en la posibilidad de regresar definitivamente. Aquella noche de lluvia, la ciudad se vistió de fiesta y las instalaciones del club fueron testigos de los festejos interminables.
     Volvieron en junio, lógicamente, para ser parte del bicampeonato, la tarde que le ganaron a Newell’s por 2 a 0 y como Sanjustino cayó en su casa por 3 a 1 ante Santa Fe, Argentino pudo sumar su octava estrella. Fue una jornada imborrable, cargada de tensión y expectativa hasta que se desató el carnaval. El equipo estuvo 10 partidos en forma consecutiva sin conocer el polvo agrio de la derrota y encima de eso tuvo la valla menos vencida.
     Esa vez se quedaron más tiempo de lo previsto y pasaron parte del invierno con amigos y parientes entre jugosas anécdotas y sabrosas comidas, disfrutando de la vida sencilla y descontaminada en una de las mejores instituciones del interior del país.
     No cualquiera puede darse el lujo de tener un complejo deportivo de 8 hectáreas con quinchos y parrillas, cuatro piletas de natación, una cancha de futbol cinco, dos de paddle, cuatro de tenis y dos de hockey, todas iluminadas y por supuesto el estadio “12 de enero”, con la modesta tribuna lateral que late cada vez que “El Albiceleste” juega de local. También está el predio costero, un lugar encantador donde se realizan actividades de pescas y jornadas en contacto con la naturaleza y la histórica sede social, situada frente a la atractiva plaza San Martín. Allí funciona la secretaria, el departamento médico y están las canchas de bocha, el gimnasio cubierto donde se practica vóley y básquet y el “Argentino Resto – Bar”, un lugar cálido y ameno para degustar los mejores platos.
     Como si eso fuera poco, el club cuenta con la mutual, creada en octubre del 45, que brinda distintos servicios para la comunidad. Pavada de institución, como para que sus más de 10000 socios se sientan orgullosos cuando hablan de Argentino.
     Volvieron para el verano y el segundo fin de semana de enero, disfrutaron de la tradicional fiesta de la Cerveza que se organiza todos los años. Lo único que deseaban era que los relojes detuvieran su andar para que la magia no se acabara nunca. Fueron noches únicas donde la música y la alegría no se daban tregua y las luces destellan sobre la reina de la institución y los artistas que desde el escenario, hacen bailar a la gente. Por supuesto participaron del Súper Bingo, ese evento espectacular que sorteaba autos, motos y electrodomésticos.
     Por eso y por muchas cosas más la tarde siguiente de que Guido regresara a su casa, luego de haber estado charlando con don Anselmo y posterior al último entrenamiento semanal con el equipo eliminado del reducido, mientras ella le alcanzaba un mate en la cocina, Guido habló con la sinceridad que le trasmitían el corazón y la conciencia.
     —Ya está. Volvamos. Mi contrato vence dentro de poco y me quedo con el pase en mi poder. No me quiero retirar del fútbol sin antes haber cumplido lo que siempre anhelé.
     Era lo que Paula esperó escuchar durante tanto tiempo. Acomodó su pelo con ambas manos y se secó las lágrimas con el pañuelo que llevaba en el bolsillo del pantalón. Se abrazaron en el mutismo cómplice de la tarde sintiéndose más cerca que nunca. Permanecieron un buen rato en ese estado, de espaldas al reloj de pared, cuyas ajugas marcaban las 19.05 y el anochecer ya se vislumbraba por las ventanas.
      La decisión estaba tomada y no iban a dar marcha atrás ni que a él lo llamaran del Ajax. Las semanas previas al regreso los consumía la ansiedad y durante ese periodo Guido se puso en contacto con los dirigentes de Argentino, para hacerles saber su deseo y comunicarles que tenía el pase en su poder.
     Algunos, unos pocos es cierto, dudaron. Argumentaban que estaba grande para formar parte del plantel, que estaba más cerca de ser manager o entrenador en las inferiores que para desempeñarse como volante central, pero si futbolísticamente respondía no iba a haber inconvenientes. Por supuesto que él, hombre de mil batallas en el mundo del ascenso, se tenía una confianza ciega.
     La tarde que salieron de la terminal se encontraban más ansiosos que en ocasiones anteriores, a pesar de que ya habían realizados muchos viajes como ese. Claro que las sensaciones en esos momentos eran otras, porque inconscientemente sabían que tenían que hacer el itinerario de regreso. Cosa que esta vez no.
     Las casi 6 horas que duró el trayecto dialogaron entre ellos y trataron de descansar un poco. El día anterior habían entregado las llaves del departamento a la inmobiliaria. Ya habían mandado las cosas por un flete amigo de Guido que trabajaba en mantenimiento en el club. El hombre les hizo buen precio para llevarles la cama matrimonial junto con unos pocos muebles, algunos electrodomésticos y otras pertenencias que fueron embaladas en cajas de cartón que pidieron en el supermercado chino de la avenida y como mascotas no tenían se despreocuparon de todo.
     —Te van a presentar el miércoles, después de la revisación médica. — Comentó ella, a la altura de Arroyo Seco, con la mirada perdida en los pastizales.
     —No veo la hora de empezar a entrenar— Expresó él con sinceridad y las manos tomadas por detrás de la nuca.
     Cuando el ómnibus comenzó a recorrer la ruta 6, los empezó a ganar el entusiasmo de saberse cerca, de sentir que cada vez faltaba menos. Cuando por fin descendieron del micro luego de 510 km y retiraron los bolsos, volvieron a sentir la misma sensación de cada vez que llegaban y contemplaban esos colores tan característicos, mientras el viento susurraba entre los árboles y percibían ese inconfundible aroma de la tierra donde se nace.
   Cuando llegaron estaban todos esperándolos y se fundieron entre abrazos con parientes y vecinos. Después se subieron al auto de Carlos, el hermano mayor de Guido y pasaron por debajo de ese gigante arco blanco, a modo de monumento, que unía una vereda con la otra, dejando en su interior la amplia calle asfaltada. Esa misma noche organizaron una cena de bienvenida en casa de los Barzollini. Cuando todos creían que en cuanto a emociones ya nada podía pasar, Paula sorprendió a propios y extraños dando la noticia de que estaba embarazada. Luego de las felicitaciones, los abrazos y los reiterados brindis por el futuro nuevo integrante de la familia, por la vuelta y por la ciudad, los recién llegados pudieron irse a dormir.
    El lunes Guido se puso a las órdenes del cuerpo técnico, que en tiempos de internet no tardaron en conocer su estilo. En el centro del impecable campo de juego los jugadores lo recibieron con aplausos y palmadas en la espalda haciéndolo sentir uno más del grupo. Bastaron un par de entrenamientos para que a nadie le quedada duda de que “El Tano” Barzollini seguía siendo ese cinco fino y exquisito que mostraba una energía tremenda a la hora de disputar cada pelota. Cómo no iba a transpirar la camiseta y jugarse entero por esos colores, si era lo que más había ansiado en este mundo desde que empezó a tener uso de razón.
     El miércoles pasó la revisación y el técnico le comunicó que el sábado iba a estar entre los once titulares, para el debut en la primera fecha del Clausura por la liga santafecina. Sin embargo, recién el jueves en la sede social, fue presentado por la comisión directiva en pleno ante la expectativa de todos los presentes que se dieron cita y que ya se entusiasmaban con volver a festejar otro campeonato. Tanto fervor había que empezaron a cantar en el recinto revoleando las camisetas bajo las luces.
     “Señores yo dejo todo, me voy a ver al tino, porque los jugadores me van a demostrar que salen a ganar… Que quieren salir campeón... que lo llevan adentro...como lo llevo yo”.
     El día del debut amaneció con un cielo cristalino, mientras unas nubes blancas y diáfanas se iban acomodando entre los rayos de sol y el silencio de la naturaleza fue interrumpido por el canto de las aves que surcaban el aire. Ese mediodía cuando llegó al club e ingresó al vestuario con el resto del plantel, Guido sintió una rara impresión que nunca antes había experimentado. Claro, era la primera vez que entraba a ese sitio. Fue en ese preciso momento cuando comenzó a ponerse la camiseta celeste y blanca a bastones y fue sintiendo la textura de la tela sobre su piel, cuando comprendió lo que significa poder jugar en el club que uno ama y en el lugar en que se nace, donde uno hecha raíces que son tan fuertes que es imposible intentar romper el lazo. Nada lo hacía más feliz que el hecho de saber que allí iba a nacer su primer hijo para continuar la descendencia sancarlina e iban a vivir todos juntos en uno de los mejores lugares que la naturaleza haya creado. En esa ciudad tan particular con sus atardeceres y sus aromas, con esas cosas que no se explican: se sienten, se llevan dentro de uno.
     Terminó de atarse los cordones de los botines naranjas y se acomodó la casaca adentro del pantalón negro, se subió las medias hasta las rodillas y estuvo listo para salir junto a sus compañeros. Cuando ingresó al campo de juego un escalofrío recorrió todo su ser, mientras en sus oídos resonaba el aliento de “La Celeste”, esa banda loca que está siempre, en las buenas y en las malas, agitando las banderas y cantando y saltando a más no poder.
    Mucho de lo que pasó a continuación lo vivió como si fuese un sueño, como imágenes dispersas de una película que cruzaban por su mente. Volvió en sí cuando escuchó el silbato del árbitro que dio comienzo al partido. Enseguida recibió un pase preciso del primer marcador central y paró la pelota con la suela de su botín, mientras escuchaba los primeros aplausos de la tarde. Después avanzó unos trancos y metió un pelotazo cruzado buscando a uno de los delanteros que entraba solo por la franja derecha. Lo hizo mientras el corazón se le rebalsaba de felicidad y sentía la tranquilidad de haber cumplido el sueño de su vida. El de vestir la camiseta que más amada y llevaba impregnada en la piel. La gloriosa albiceleste de Argentino de San Carlos.


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jueves, 11 de junio de 2015

Contrato moral

   Nos fuimos con lo justo sin mirar atrás, con rabia y dolor, pero con las convicciones intactas. Los que se quedaron se tuvieron que callar manteniéndose al margen.
  Desde que los milicos lo habían bajado a Frondizi en el 62, ya la cosa no daba para más. Hacía mucho que nos veníamos tragando el orgullo de ser lo que éramos, hasta que un día no aguantamos más. A mi la vida me llevó a Sudáfrica, lo mismo hubiera sido al Congo Belga o algún archipiélago perdido en el mapa.
  Al poco tiempo de mi llegada me enteré que un equipo de rugby argentino andaba por esas tierras realizando una gira. Yo lo único que sabía de ese deporte era que se jugaba con una pelota ovalada, pero eran mis compatriotas y no dudé de estar junto a ellos. La cita era en el majestuoso Ellis Park Stadium de Johannesburgo, el 19 de junio de 1965 donde según decían, los Juniors Springboks nos pasarían por arriba, pero no fue así.
   Aún guardo en mis retinas la imagen congelada del vuelo eterno en palomita de Marcelo Pascual, con la pelota aferrada entre sus manos cuando el tiempo se detuvo y el posterior silencio de un estadio que no podía creer que esos tipos sudamericanos les habían mojado la oreja. Ellos nunca hubieran imaginado los festejos posteriores, la emoción y las lágrimas. Cómo no iban a llorar esos jugadores si con garra y corazón habían logrado una verdadera hazaña, un histórico e inolvidable triunfo por 11 a 6 que hizo nacer para siempre el apodo de “Los Pumas”.
   Muchísimos años después cuando retornó la democracia regresé al país. Volví a tener sus voces en mis oídos y a sentir el aire que entibiaba sus calles. Como si fuese una obligación moral, un contrato no firmado, cada vez que Los Pumas juegan en Vélez o en Ferro voy a verlos, porque hay como un lazo que me une a ellos desde aquella lejana tarde africana.
   Sigo sin entender las reglas del juego y no me importa. Me basta con estar cerca de ellos, con verlos cantar el himno, con ver flamear la bandera celeste y blanca recortándose entre las nubes, como aquella vez cuando a miles de kilómetros de distancia, me hicieron sentir el orgullo de ser argentino.